clarice lispector
amorUn poco cansada, con las compras deformando la nueva bolsa de malla, Ana subió al tranvía. Depositó la bolsa sobre las rodillas y el tranvía comenzó a andar. Entonces se recostó en el banco en bus
comienzos de una fortunaEra una de aquellas mañanas que parecen suspendidas en el aire. Y qué otra cosa se asemejaba a la idea que nos hacemos del tiempo. El balcón estaba abierto pero el fresco se había congelado allá a
desvanecimientoNo es que fuéramos amigos desde hacía mucho tiempo. Nos conocimos solo en el último año de la escuela. Desde ese momento, estábamos juntos a cualquier hora. Hacía tanto tiempo que los dos necesitá
devaneo y embriaguez de una muchachaLe parecía que por la habitación se cruzaban los autobuses eléctricos, estremeciendo su imagen reflejada. Estaba peinándose lentamente frente al tocador de tres espejos, los brazos blancos y fuert
el búfaloPero era primavera. Hasta el león lamió la frente lisa de la leona. Los dos animales rubios. La mujer desvió los ojos de la jaula, donde solo el olor caliente recordaba la matanza que ella viniera
el crimen del profesor de matemáticasCuando el hombre alcanzó la colina más alta, las campanas tocaban en la ciudad, abajo. Apenas se veían los techos irregulares de las casas. Cerca de él estaba el único árbol de la llanura. El homb
el huevo y la gallinaPor la mañana en la cocina, sobre la mesa, veo el huevo. Miro el huevo con una sola mirada. Inmediatamente advierto que no se puede estar viendo un huevo. Ver un huevo no permanece nunca en el pre
el manifiesto de la ciudad¿Por qué no intentar en este momento, que no es grave, mirar por la ventana? Este es el puente. Este el río. He ahí la Penitenciaría. Ahí está el reloj. Y Recife. Y el canal. ¿Dónde está la piedra
el muerto en el mar de urcaYo estaba en el apartamento de doña Lourdes, costurera, probándome el vestido pintado por Olly, y doña Lourdes dijo: murió un hombre en el mar, mire a los bomberos. Miré y solo vi el mar que debía
el primer besoMás que conversar, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban tontos, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos. -Está bien, te creo que soy tu primera no
el triunfoEl reloj da las nueve. Un golpe alto, sonoro, seguido de una campanada suave, un eco. Después, el silencio. La clara mancha de sol se extiende poco a poco por el césped del jardín. Trepa por el mu
es allí a donde voyMás allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy. La punta del lápiz el trazo. Donde expira un pensamiento hay u
felicidad clandestinaElla era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía eramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima de
feliz cumpleañosLa familia fue llegando poco a poco. Los que vinieron de Olaria estaban muy bien vestidos porque la visita significaba al mismo tiempo un paseo a Copacabana. La nuera de Olaria apareció vestida de
la búsqueda de la dignidadLa señora de Jorge B. Xavier simplemente no sabía decir cómo había entrado. Por la puerta principal no fue. Le parecía que vagamente soñadora había entrado por una especie de estrecha abertura en
la cenaÉl entró tarde en el restaurante. Por cierto, hasta entonces se había ocupado de grandes negocios. Podría tener unos sesenta años, era alto, corpulento, de cabellos blancos, cejas espesas y manos
la imitación de la rosaAntes de que Armando volviera del trabajo la casa debería estar arreglada, y ella con su vestido marrón para atender al marido mientras él se vestía, y entonces saldrían tranquilamente, tomados de
la legión extranjeraSi me preguntaran por Ofelia y sus padres, habría respondido con el decoro de la honestidad: apenas los conocí. Delante del mismo jurado al cual respondería: apenas me conozco, y a cada cara del j
la mujer más pequeña del mundoEn las profundidades del África Ecuatorial, el explorador francés Marcel Petre, cazador y hombre de mundo, se encontró con una tribu de pigmeos de una pequeñez sorprendente. Más sorprendido, pues,
la partida del trenLa partida era en la Central con su reloj enorme, el más grande del mundo. Marcaba las seis de la mañana. Ángela Pralini pagó el taxi y cogió su pequeña valija. Doña María Rita Alvarenga Chagas So
la quinta historiaEsta historia podría llamarse «Las estatuas». Otro nombre posible es «El asesinato». Y también «Cómo matar cucarachas». Entonces haré por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ella
la relación de la cosaEsta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues envuelve el tiempo. Nosotros dividimo
la salida del trenLa salida era en la Central con su reloj enorme, el más grande del mundo. Marcaba las seis de la mañana. Ángela Pralini pagó el taxi y tomó su pequeña valija. Doña María Rita Alvarenga Chagas Souz
las aguas del marAhí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregu
las astucias de doña frozina-También, con ese dinero esmirriado… Eso es lo que la viuda doña Frozina dice del montepío. Pero da para comprar Leche de Rosas y tomar verdaderos baños con el líquido lechoso. Dicen que su piel e
lazos de familiaLa mujer y la madre se acomodaron por fin en el taxi que las llevaría a la estación. La madre contaba y recontaba las dos maletas tratando de convencerse de que ambas estaban en el carro. La hija,
macacosLa primera vez que tuvimos en casa un mico fue cerca de Año Nuevo. Estábamos sin agua y sin sirvienta, se hacía cola para la carne, el calor había estallado; y fue cuando, muda de perplejidad, vi
mejor que arderEra alta, fuerte, con mucho cabello. La madre Clara tenía bozo oscuro y ojos profundos, negros. Había entrado en el convento por imposición de la familia: querían verla amparada en el seno de Dios
misterio en são cristovãoUna noche de mayo —los jacintos rígidos cerca de la ventana— el comedor de una casa estaba iluminado y tranquilo. Alrededor de la mesa, por un instante inmovilizados, se encontraban el padre, la m
monosLa primera vez que tuvimos en casa un mico fue cerca de Año Nuevo. Estábamos sin agua y sin empleada, se hacía cola para la carne, el calor había reventado —y fue cuando, muda de perplejidad, vi e
no soltar los caballosComo en todo, también al escribir tengo una especie de temor de ir demasiado lejos. ¿Qué será eso? ¿Por qué? Me detengo, como si retuviera las riendas de un caballo que podría galopar y llevarme D
preciosidadPor la mañana, temprano, siempre era la misma cosa renovada: despertar. Lo que era lento, extendido, vasto. Ampliamente abría los ojos. Tenía quince años y no era bonita. Pero por dentro de su del
restos del carnavalNo, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que ot
ruido de pasosTenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa. Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir. El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo
seco estudio de caballosDesposamiento El caballo está desnudo. Falsa domesticación ¿Qué es el caballo? Es la libertad tan indomable que se torna inútil aprisionarlo para que sirva al hombre: se deja domesticar, pero con
silencioEs tan vasto el silencio de la noche en la montaña. Y tan despoblado. En vano uno intenta trabajar para no oírlo, pensar rápidamente para disimularlo. O inventar un programa, frágil punto que mal
tanta mansedumbrePues en la hora oscura, tal vez la más oscura, en pleno día, ocurrió esa cosa que no quiero siquiera intentar definir. En pleno día era noche, y esa cosa que no quiero todavía definir es una luz t
tempestad de almasAh, si lo hubiera sabido, no nacía, ah, si lo hubiera sabido, no nacía. La locura es vecina de la más cruel sensatez. Devoro la locura porque ella me alucina calmosamente. El anillo que tú me dist
tentaciónTenía hipo. Y como si la claridad de las dos de la tarde no fuera suficiente, era pelirroja. En la calle vacía las piedras vibraban de calor; la cabeza de la niña refulgía. Sentada en los escalone
un caso complicadoPues sí. Cuyo padre era amante, con un alfiler de corbata, amante de la mujer del médico que había tratado a su hija, quiero decir, de la hija del amante, y todos lo sabían, y la mujer del médico
una gallinaEra una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba
una tarde plenaEl saguino es tan pequeño como un ratón, y del mismo color. La mujer, después de sentarse en el autobús y de lanzar una mirada tranquila de propietaria sobre los asientos, ahogó un grito: a su lad
viaje a petropolisEra una vieja flaquita que, dulce y obstinada, no parecía comprender que estaba sola en el mundo. Los ojos lagrimeaban siempre, las manos reposaban sobre el vestido negro y opaco, viejo documento
vida al naturalPues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuando ella advirtió que, además del frío, llovía en los árboles, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuerdo del mundo con aquello qu