cesare pavese
amigosDesde el patio de cemento, un mocetón vociferaba a grito pelado al tercer piso de sombras y haces de luz: —Tranquilos, estoy en paro. Chillaban niños en el patio y por las escaleras, y en los seis
añosDe lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos,
casa en el marAquel trozo de mar violáceo delante de la ventana refrescaba todo el cuarto. Ocurrió que me desperté de madrugada, un poco inquieta, y sentada contra la almohada contemplé un momento la ventana ab
despertarAquella noche yo había sufrido una gran humillación, de esas que se reciben en medio de la gente sin que la gente se dé cuenta. Seguimos sonriendo, mis interlocutores y yo, como si nada hubiera oc
don pietroMi padre murió cuando yo tenía seis años y llegué a los veinte sin saber cómo se comporta un hombre en casa. A los dieciocho años continuaba escapándome a los prados, convencido de que sin una car
el campo de trigoMientras duró el entretiempo, nadie hizo caso de aquella hierba más tierna y más alta de lo normal, pero ahora que los crepúsculos se alargaban y la gente salía a las calles a tomar el fresco, la
el capitánBorrador sin terminar I Subía yo aquella escalera semioscura en ciertas tardes silenciosas, después de haber dejado en la esquina a mi chica, y a medio subir miraba por un ventanuco que daba al ci
el castelloBañistas los ha habido siempre por estos pagos, y en verano asoman por la carretera de la colina, entre los cañaverales, y se vuelven a mirar el mar. Puede ocurrir incluso que con el tiempo llenen
el chalet en la colinaVolvía a subir por la carretera de la colina y los viejos escenarios de verde y de muretes, a medida que asomaban en los recodos, me parecían falsos. Tanto tiempo había vivido lejos de ellos recor
el coloquio del ríoTras el último encuentro a orillas del río vagabundeé por los prados como hacía de niño. El día no quería acabar. Yo sabía que un día recordaría aquellas horas como recuerdo las tardes desamparada
el diablo sobre las colinasI Éramos muy jóvenes. Creo que durante aquel año no dormí nunca. Pero tenía un amigo que aún dormía menos que yo y algunas mañanas le veía pasear por delante de la estación a la hora de la llegada
el ermitañoNino era un chiquillo huraño —siempre había creído eso—, pero ahora me daba cuenta de que sus hosquedades no eran caprichos, o al menos no como los míos. Empezaba a entender que aquella casa no er
el fugitivoEn los heniles y en los establos hacía tiempo que no querían a nadie porque luego ocurría que venían los otros a tomar represalias. Daban un plato de sopa y pan con solo pedirlo, pero decían que f
el grupoYa no éramos jóvenes y, sin embargo, se nos ocurría hacer cosas inexplicables. Nos encontrábamos los domingos por la tarde en aquella escalera oscura, encerrada entre dos paredes, y subíamos y sub
el ídoloTodo volvió a empezar una tarde de agosto. Ahora, con cualquier cielo, me basta con alzar la cabeza entre las casas para recobrar aquel día inmóvil. Yo estaba sentado en aquella salita que no he v
el intrusoI Mi compañero de celda soltaba tortuosos discursos en un refunfuño que no salía de las cuatro paredes. Nada nos hubiera impedido reñir, a lo mejor, o cantar, con ciertas precauciones; y yo, que e
el maizalEl día que me detuve al pie de un maizal y escuché el crujido de los largos tallos secos movidos por el aire, recordé algo que había olvidado hacía tiempo. Detrás del maizal, una tierra en pendien
el marA veces pienso que si hubiera tenido el valor de subir a la cima de la colina no me habría escapado de casa después. Debía de ser poco después de la noche de San Juan, porque ya varias veces había
el nombreNo recuerdo quiénes eran mis compañeros de aquellos días. Vivían en una casa del pueblo, me parece, frente a la nuestra, unos muchachos desharrapados —dos—, quizá hermanos. Uno se llamaba Pale, de
el prado de los muertosLa ventana desde donde se podían presenciar los crímenes daba a un paseo herboso, cerrado al fondo por unos barracones de madera. Bajo la ventana corría un canal, de esos desbordantes aunque lento
el tiempoDesde joven tuve una sospecha, la de que quien no durmiera nunca no envejecería. O acaso el tiempo afloraba en los recuerdos, en las pausas en las que me detenía sorprendido de mí mismo, cuando me
el veranoDe todo el verano que pasé en la ciudad medio vacía no sé qué decir. Si cierro los ojos, la sombra ha recobrado su función de frescura, y las calles son justamente eso, sombra y luz, en una altern
en el café de la estaciónUna mañana entré antes de ser de día en el café de la estación y, como mi tren no salía enseguida, me senté junto a dos jovenzuelos rodeados de bolsas de viaje. —Hay luz —dijo uno. —Hay luz. —Esta
entre mujeres solas1 Llegué a Turín bajo la última nieve de enero, como sucede con los saltimbanquis y los vendedores de turrón. Recordé que era carnaval al ver bajo los soportales los puestos y los mecheros incande
fidelidadI Cuando trajeron a Amelio del hospital y lo metieron en la cama, los otros dejaron de ir a verlo, pero Garofolo empezó entonces. Antes no se había decidido porque, aunque Amelio había entrado en
final de agostoUna noche de agosto, de esas agitadas por un viento tibio y tempestuoso, caminábamos por la acera demorándonos e intercambiando escasas palabras. El viento que nos hacía caricias imprevistas me im
gafeUn día oí decir a la cajera: —Ahí lo tienes, parece un enfermo. ¡Qué odioso es! Y me volví muy sorprendido. Hablaban de mi compañero, que asomaba lentamente por la escalera con una brazada de libr
granujasI Ni uno solo de los tres detenidos podía sentir el chapoteo del mar, que ese día debía de estar como una balsa de aceite, pero los tres estaban tirados en los catres como si hicieran el muerto. C
historia secretaPor este camino pasaba mi padre. Pasaba de noche porque era largo y quería llegar con la fresca. Seguía a pie la colina, después todo el valle y luego las otras colinas, hasta que asomaban al tiem
insomnioCuando regresaba antes del alba por la era (volvía a casa de fiestas, de conversaciones, de aventuras) sabía que mi padre estaba allí, bajo la mancha negra del nogal, y permanecía inmóvil, quién s
la aventuraSandra se pasó la mañana sin alejarse de la estación. Se había metido por una avenida con plantas que parecían ramos de flores y caminaba mirando los escaparates, deteniéndose, volviéndose a veces
la chaqueta de cueroMi padre me deja pasar el santo día en el barracón del embarcadero, porque ahí me distraigo y aprendo un oficio sin darme cuenta. Ahora hay una dueña gorda que grita siempre, y si hago el mín
la ciudadGallo no fue nunca, ni siquiera en el pueblo, de esos que gustan de ciertas conversaciones y se emborrachan en compañía para tenerlas con mayor libertad. Entre mozalbetes siempre hay alguno que se
la familiaBorrador sin terminar Antes, cuando llegaba el verano, íbamos en barca. La cogíamos en el puente, nos poníamos en bañador y llegábamos hasta los bosques. Nos quedábamos toda la tarde. Entonces, qu
la gitanaComo todas las mañanas me desperté antes de que fuera de día, pero esperé a que hubiese claridad antes de bajar de la cama. Eso ganaba sobre el largo día. La lluvia, como de costumbre, en vez de l
la langaYo soy un hombre muy ambicioso y dejé de joven mi pueblo, con la idea fija de convertirme en alguien. Mi pueblo son cuatro barracas y mucho barro, pero lo cruza la carretera provincial donde jugab
la libertadMi amigo Alessio me confiesa que no le gustan los niños. No porque sean molestos, me dice, sino porque con solo mirarlos se comprende que viven en un mundo que no es el nuestro y ven, sienten, esc
la playaI Desde hacía tiempo había quedado con mi amigo Doro en que iría a pasar una temporada con él. Quería mucho a Doro y cuando, al casarse, se fue a vivir a Génova, lo sentí de veras. Cuando le escri
la sangreMi horror a la sangre comenzó el día que fui a parar junto a un corrillo de gente al cual acudían nuevos transeúntes y que rodeaba a un tranvía. Había algo en el suelo cerca del tranvía y yo me gr
la viñaUna viña que sube por la ladera de un cerro hasta grabarse en el cielo es una visión familiar, y sin embargo las cortinas de las hileras simples y profundas parecen una puerta mágica. Bajo las vid
las casasSoy un hombre solo que trabaja, y todas las semanas espero el domingo. No digo que ese día me guste, pero lo celebro como todos, porque un descanso viene bien. Antes, cuando aún era un muchacho, p
las fiestasPino nunca se había quitado de la cabeza el caballo de Ganola y a veces me hablaba de eso. Una tarde que volvíamos de Pozzengo hizo ademán de coger el caminito y a mí, que lo miraba, me dijo: —Vue
las tres muchachasMe asombra que Clara, Lucetta y hasta doña Ugolina, que ya no es una niña, repitan de tan buena gana que todos los hombres son asquerosos y que ellas los desprecian y no les interesan para nada. N
los mendigosFragmentos sin título Ni siquiera de niño a Geri le habían convencido nunca aquellos mendigos que se presentaban en la puerta decentemente vestidos —en invierno, con un abrigo— y saludaban pidiend
misoginiaI Aquel hotelito estaba bajo las montañas, en un recodo oscuro de la carretera. Giusto odiaba los grupos de excursionistas y servía en esos casos solo por equidad con su hermana. Por eso, al empez
noche de fiestaI Hasta la era lisa y dura como una mesa de mármol ascendía el fresco del atardecer. A los pies de una colina, cuando el sol apenas había caído por el otro lado, la tierra parecía aclararse con lu
nudismoHe regresado al torrente adonde venía este invierno, y como suele suceder en estas horas cálidas se me ha ocurrido la idea de quedarme desnudo. Solo me veían los árboles y los pájaros. El torrente
piscina en día laborableEs bonita nuestra piscina de color verdemar bajo el sol y rodeada de matas que tapan las casas y las avenidas, y más lejos colinas bajas, tan bonita que alguno de nosotros se levanta de vez en cua
primer amorAntes de conocer a Nino nunca me había dado cuenta de que los muchachos con quienes gritaba y corría por las calles fueran sucios y llenos de remiendos. E incluso los envidiaba porque iban descalz
sueños en el campoHabía mañanas en que nos despertábamos extrañamente descansados, tan descansados que nos parecía estar cansados. El cuerpo nos pesaba como pesa en sueños. En los riñones y en las pantorrillas nos
suicidiosI Hay días en los cuales la ciudad donde vivo, y los transeúntes, el tráfico, los árboles, todo se despierta por la mañana con un aspecto extraño, usual y sin embargo irreconocible, como en esos i
tierra de exilioI Arrojado por extrañas peripecias de trabajo al mismísimo final de Italia, me sentía bastante solo y consideraba aquel asqueroso pueblecito en parte como un castigo —que nos aguarda, al menos una
tormenta de veranoA la caseta del “Embarque”, al pie de las colinas, no llegaba aún el sol. Le daban sombra grandes árboles. Al otro lado del río, que destellaba inmóvil iluminado por el alba, se alzaban casas lumi
trabajar es un placerYo viví siempre en el campo durante el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un muchacho, y los campesinos me llevaban con ellos a la cosecha, a las tareas más liger
una certezaMi vida no es precisamente sedentaria; puedo incluso decir que he tenido aventuras insólitas, reveses, recuperaciones, borrascas, y que las pruebas aún no han acabado. Sin embargo, en medio de tod
vespaCorradino conocía desde no hacía mucho a un tipo que, sin que tuvieran gran cosa que decirse, ocupaba alguna de sus tardes. Era Vespa, un mozo que habría regresado de África, herido y enfermo. Viv
viaje de bodasI Ahora que, a fuerza de cardenales y remordimientos, he comprendido cuán necio es rechazar la realidad a cambio de fantasías y pretender recibir cuando no se tiene nada que ofrecer, ahora Cilia e
viejo oficioEn aquellos tiempos estaba ocupadísimo y vivía con los carreteros. La cabeza me resuena aún con las gruesas voces de mando y el chirrido de los frenos. Nuestro punto de reunión estaba en el patio,
vocaciónRecuerdo cuántas amapolas se veían por la ventana en el campo, y no las he soñado, desde luego. Colores tan vivos no se sueñan y, además, siempre he observado que de un sueño no se recuerdan los d
wandaAquí estoy llamando a la puerta y, si en vez de Wanda vacilante y sorprendida me abriese una Wanda enojada preguntando qué quiero y si creo que basta con presentarme para ponerle las manos encima