carlos martínez moreno
adriana en el adriáticoDon Guido piensa que han pasado tantos años que ya puedo escribirlo. Hace más de cuarenta que él vino al país, se casó aquí dos veces y del segundo matrimonio tiene una hija que adora y a quien pu
arnobeldus o el amor conyugalSostengo que esta es una historia de amor: del amor que teme perder su objeto, del amor que agrede por miedo de perder su objeto. Por eso, porque saben que este es un costado necesario del amor co
biografíaQuerido Manfredo, te lo dice Elena, Elena la mujer tu viuda, llorándote sobre este montón de escenas que ahora, como tú, han muerto. Manfredo se asoma a da borda del yate. Su rostro aparece curtid
cocaEl Abogado Los veo, de pie ante mí aunque sin dirigirme sus miradas. Acaban de firmar y no saben qué hacer de sus manos, de sus manos que vienen de condenarlos, de sus manos que han legitimado las
con las primeras luces...Ahora sí que me jodí del todo. La lanza de la verja, la ingle, la punta de fierro. Yo antes podía. Las copas, la edad, también la noche. Yo antes podía. A los diez, a los quince, a los veinte.
el careo—Lléveme a careo —dijo Basilio—. Cuando estén frente a mí, no se van a animar a seguir acusándome. El abogado había oído muchas veces la frase, y sabía que era un último cartucho. Pero llegado el
el invitadoI El criado se inclina con la bandeja en la mano y, casi sin ofrecerlas, allega las botellas, para que cada uno elija por la tentación del licor o por el prestigio de la etiqueta. —¿Coñac?, ¿Menta
el paredónPRIMERA PARTE I Durante el día de primavera había llovido; pero al atardecer escampó, si bien duraba aún en la atmósfera una humedad densa y caliente. En las calles mojadas se reflejaban borrosame
el prisionero—Me detuvieron y confinaron sin explicaciones. Y empezaron a pasar los días. Todos iguales, sin novedades, sin noticias del mundo. La llave en el cerrojo a sus horas, la apertura de la mirilla a s
el salto del tigreI En el atardecer lluvioso, El Cato Mitre y yo recorrimos la avenida de paraísos y entramos en casa de Lydia; ella se había empeñado en que Hugo fuera directamente del sanatorio a la quinta y se a
el simulacroViví en Buenos Aires del 907 al 916. Era —como veo que a ustedes les gusta decir ahora, cuando comentan una cinta o un libro —la belle époque. Es claro que, con Perón, ya no queda ni sombra de tod
la fortuna de oscar gómezDeclaró que se llamaba Oscar Gómez, y que era oriental (en realidad dijo uruguayo, pero el tipo escribió oriental), soltero, de treinta y un años, sin ocupación, sin domicilio fijo. Sin ocupación:
la otra mitadI —Por favor, dígame exactamente cómo los encontró. Estábamos ambos de pie, en el patio dominado por el pilón octogonal de las lavanderas, por la escalera de hierro con sus plataformas de rellano
la pareja del museo del pradoI Los museos —pensaba Ellis— podrían también calificarse según otra escala. Uffizi sería entonces el más frío, l’Accademia de Venezia el mejor iluminado, el Prado el de calefacción más acogedora,
la última moradaI Había entrevisto ya, en la penumbra lechosa, el barandal que amurallaba el recodo de la escalera —dando un balcón al patio de damero— cuando tropezó y cayó, lanzando unos escalones más arriba lo
lo reconozco, miraballesMire Miraballes: ¿usted comprende, tan rápido como yo comprendí todo aquella mañana, por qué he pedido que este reconocimiento lo hiciéramos de a uno? Bueno, cuando usted entró y estiró los brazos
los sueños buscan el mayor peligroI El borriquito gris venía por la calle del pueblo, balanceando suavemente su carga de plumeros. El vendedor iba adelante, musitando estupideces de borracho, levantando a menudo las rodillas para
tierra en la bocaLa víspera —¿Con qué derecho se mete el Viejo?... ¿Qué derecho se creerá que tiene sobre mí? Ninguno, ningún derecho. El Viejo en la memoria de la infancia, el Viejo hasta estos últimos días: ¡Bot