augusto roa bastos
audiencia privadaEn la puerta de entrada tuvo que mostrar de nuevo la tarjeta. Un muchacho de nariz chata y ojos almendrados, entre esbirro y ordenanza, tomó el trozo de car
bajo el puentePor qué no come, le dijo taitá. Y el viejo: De noche no. Usted ya sabe, don Chiquito. Si no hay luz sobre mi comida, no puedo comer. Taitá se rió fuerte: Ba
carpincherosLa primera noche que Margaret vio a los carpincheros fue la noche de San Juan. Por el río bajaban flotando llameantes islotes. Los tres habitantes de la cas
chepé bolívar-¡Ah Chepé Bolívar! ¡Cómo no me voy a acordar de él! -dijo la mujer sentada a mi lado en el camión de carga. Alto, flaco, patas de pájaro. Siempre emponchad
cigarrillos «máuser»1 Ese paquete de cigarrillos, no de tabaco, más vale de crespa pólvora amarilla, tóxico trueno silencioso de nicotina en la boca de un chico de doce años, m
contar un cuento—¿Quién me puede decir que eso no sea cierto? —farfulló pausadamente, con su habitual tono entre sarcástico y circunspecto, adelantándose a una improbable o
el aserraderoLos días de viento norte parece que estuviera más cerca porque las ráfagas calientes lo arriman al villorrio en el ronquido de los tronzadores. Con todo no
el baldíoNo tenían cara, chorreados, comidos por la oscuridad. Nada más que sus dos siluetas vagamente humanas, los cuerpos reabsorbidos en sus sombras. Iguales y si
el crackGoyo Luna, puntero izquierdo del Sol de América, era, a los veinticinco años, un esmirriado depósito de perfecciones ocultas. De su aspecto físico, mejor no
el karuguáAvanzábamos al paso de nuestras cabalgaduras. El matungo del colono renqueando de una pata. Tenía en la corva una postema purulenta alrededor de la cual gir
el ojo de la muerteNo aseguró al caballo en uno de los horcones del boliche donde ya había otros, sino en un chircal tupido que estaba enfrente. Las peripecias de la huida le
el prisioneroLos disparos se respondían intermitentemente en la fría noche invernal. Formaban una línea indecisa y fluctuante en torno al rancho; avanzaban y retrocedían
el trueno entre las hojasEl ingenio se hallaba cerrado por limpieza y reparaciones después de la zafra. Un tufo de horno henchía la pesada y eléctrica noche de diciembre. Todo estab
el viejo señor obispoLa señorita Teresa, hermana del Obispo, tardó un poco más que otras veces en disponer la cena. Pero los infalibles huéspedes también se estaban retrasando.
encuentro con el traidorEl diarero le tendió inútilmente el vuelto. No lo recogió. Ya no se acordó de recogerlo. Toda su atención se concentró de pronto en el hombre que se iba ale
esos rostros oscuros1 Hacía rato que había anochecido y el calor seguía crujiendo entre el follaje seco de los árboles que rodeaba las casas del puesto, en la loma. Parecía el
galopa en dos tiempos1 El hombre apenas reconoció el lugar. Todo estaba cambiado. Parecía otro barrio con el mismo nombre de antaño. Se lo podía leer en todos los letreros. Fue
juegos nocturnosNo … —dijo el hombre sin sacar los ojos de las páginas del libro, ni el húmedo cigarro de la boca—. Tendría que levantarme, caminar un poco, probar algún bo
kurupí1 —¡Mirá, Melitón! —dijo la mujer de semblante enfermizo, tendiendo la mano hacia la ventanilla. Su voz se apagó entre el tantaneo de las ruedas. El hombre
la excavaciónEl primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta bland
la flecha y la manzanaFaltaba aún un buen rato para la cena. Sobre la mesa del living, los tres chicos simulaban concluir sus deberes. Es decir, los tres no; solo la niña de tren
la gran soluciónAl principio de la guerra con Bolivia, Liberato Farías se consideró relativamente seguro. Con sus cuarenta años blandos y retacones se sentía en cierto modo
la rebeliónNadie sabe en qué momento han comenzado a reunirse, ni cómo han podido atravesar los cordones de tropas. Lo más extraño de todo es por qué descuido, respeto
la rogativa1 Salió despacio de entre los bananeros como una bestezuela satisfecha. Una pequeña larva humana avanzando entre los amarillentos colgajos de las hojas. Alr
la tijeraSonó el timbre. Elsa fue a abrir. Por la puerta entreabierta se metió el brazo del repartidor tendiendo el diario. Se oyeron tintinear las monedas, el gruñi
la tumba vivaMucho después —no en el momento en que Fulvio Morel se había puesto intensamente pálido al mirar hacia arriba— comprendí que ciertas mutaciones del tiempo n
mano cruelLo despertaron el sol y el gran ruido que llenaba la plaza. Parpadeó asombrado. Se restregó los ojos con las manos. Críspulo Gauto no lo quería creer, pero
morienciaLa oí nombrar hace un rato a Chepé Bolívar. ¿Lo conocía usted? —pregunté a la mujer en el mixto. —¿Al telegrafista de Manorá? ¡Ea!, cómo no, si hasta su rop
pirulí—Pirulíí…! —grita la mujer hacia el rancho, sin dejar de meter entre los dientes del trapiche los trozos de caña dulce que va sacando de una pila. Al agacha
regresoEl resplandor del fuego destacaba el torso enflaquecido pero bien formado de José de la Cruz Godoy. Sus brazos largos se movían incansablemente arrojando le
vigilia del almiranteÉste es un relato de ficción impura, o mixta, oscilante entre la realidad de la fábula y la fábula de la historia. Su visión y cosmovisión son las de un mes
yo el supremo¿Dónde encontraron eso? Clavado en la puerta de la catedral, Excelencia. Una partida de granaderos lo descubrió esta madrugada y lo retiró llevándolo a la c