arturo uslar pietri
américa no fue descubiertaDesde un punto de vista rigurosamente histórico, no ocurrió nada el 12 de octubre de 1492 que pudiera llamarse, con alguna propiedad, el Descubrimiento de América y que, por ello mismo, ha constit
barrabásSu linaje venía de Bethábara, en el país de los Gadarenos. Tenía las barbas negras y pobladas como una lluvia, bajo unos ojos ingenuos de animal, y entre los nombres innumerables el suyo era Barra
cuando yo sea grande—Tú no eres papá mío, se lo dije, tú no eres papá mío para que me pegues. ¿Tú sabes lo que tú eres? Hablaba entre dientes, con voz pareja, comiéndose las palabras, con la cabeza metida en el pecho
el baile del conde de orgazMe imagino que fue un sabio malvado, conspirador de sótano, de barba y santo y seña, quien inventó esa máquina infernal, que llaman daguerrotipo. Más adelante veréis por qué. La casa toda estaba c
el baile del tamborLo tiraron sobre los ladrillos del calabozo y cerraron la puerta. Todo estaba oscuro. Los ladrillos estaban frescos y sentía como un alivio de estar tendido sobre ellos. De estar tranquilo y quiet
el brujo de guatemalaEl señor presidente ha llegado a convertirse en la más famosa y representativa de las obras de Miguel Ángel Asturias. Yo asistí al nacimiento de este libro. Viví sumergido dentro de la irrespirabl
el camino desandadoMe habían aconsejado no ir solo y de tarde por esos campos. Partidas de soldados del Gobierno recorrían los caminos, entraban en los caseríos y en las casas aisladas, en busca del Comandante. En u
el enemigoEl sargento avanzaba por el camino de ronda, sobre la muralla que caía a pico en el mar. Cada vez que estallaba la ola en los estribos del muro, subía hasta él, con el sordo rumor de aquel golpear
el fuego fatuoViva de grillos, la noche hace delirar el campo. Late el agua. Dos o tres estrellas parpadean. Los ladridos huyen de los perros. La vereda viene como vena, culebreando, pasa junto al rancho y cont
el gallo—¡Guá! Ese como que es José Gabino —dijeron las gentes al mirarlo en el recodo. —Sí, es. Mírenle el sombrero. Mírenle el modo de andar. José Gabino, con su sombrero negro, polvoriento y deshecho,
el milagroLe costaba trabajo despertar por las mañanas. Perdía la noción del tiempo, entre dormido y despierto, perdido en la cama, sin saber dónde estaba, mientras, de rato en rato, lo alcanzaba la voz de
el novillo amarrado al botalónEs una pequeña casa aislada. Fue blanca, pero ya está sucia de intemperie. Una habitación grande y desnuda donde yo estoy. Un retrete, un dormitorio que parece un calabozo y una cocina sucia. A un
el prójimoHabía oído el ruido seco de una rama quebrada. No era uno de los mil ruidos confusos y mezclados de la noche en la selva, en que hierve un rumor de insectos. de croar de ranas, de ramas agitadas y
el rey zamuroFue el año en que los godos ganaron en Coplé. Las fuerzas federales se desparramaron, en la desbandada, por sabanas, caños y faldas de cordillera. En los primeros días se veían a lo lejos, entre l
el venadoLos cuatros hombres estaban en cuclillas junto a la puerta. Las cabezas gachas, las manos descolgadas por entre las piernas jugueteando con yerbas y guijarros. Los sombreros de cogollo sobre la nu
gavilán coloraoEl pueblo se extendía al borde de la sabana, menudo, bajo grandes árboles. En el centro, una plaza desnuda, cubierta de hierba medio reseca, con un botalón en medio. Alrededor, en cuadro, cuatro o
la ciudadHabía llegado al extremo del barrio pobre. Las calles iban siendo más estrechas, más bajas las casas, más llenas de puertas, ventanas y gentes. Gentes en las puertas, en las aceras, en grupos en l
la cuestión“Si usted insiste en negar nos veremos obligados a emplear otros métodos”. Era como si lo oyera por primera vez. Aquella cara fría e inexpresiva, alejada de mí por la inalcanzable distancia de un
la lluviaLa luz de la luna entraba por todas las rendijas del rancho y el ruido del viento en el maizal, compacto y menudo como de lluvia. En la sombra acuchillada de láminas claras oscilaba el chinchorro
la misa de galloLa noticia la trajo, inesperadamente, Antonio el becerrero. El pueblo de Quiripal, desde el atardecer, estaba de fiesta. Ardían vivas luces al través de las puertas y de las ventanas en las casas
la mosca azulLos muchachos venían silbando por la vereda que atravesaba el potrero. El que venía delante iba mordisqueando una guayaba. Se acercaban a un ancho mango oscuro que se alzaba como una colina de som
la mujer de urielTodavía dejó pasar más días para que se animara a entrar en aquel aposento. Antes, durante años, solo lo había entrevisto borrosamente en la penumbra, al través de la espesa cortina de cuentas que
la mulaEra una vieja mula rucia, pelicana, de cabeza muy grande y con una oreja un poco gacha. Caminaba a paso lento y se balanceaba de cerviz a cola, como barco. Y, tan pronto como se detenía, bajaba la
la negramentaTodo el pesado azul tan puro que se mueve como tela es mar recién pintado. Cae luz limpia de sol nuevo, seca e igual en todas partes, que estalla en las velas de algunos galeones cabeceadores, sol
la otra américaEsto que muchos llaman la América Latina es, de modo muy significativo, el mundo al que se le ha arrebatado el nombre. Siempre ha habido una metáfora o un equívoco, o una razonable inconformidad s
la pluma del arcángelAquí tengo la pluma del arcángel. Es blanca y extraordinariamente larga. En la parte más ancha la disposición de los filamentos forma como un ruedo traslúcido. Ya está un poco amarillosa de tiempo
la segunda muerte de don emilioEl juez y su secretario habían llegado por la mañana a practicar el embargo. Iban recorriendo la vasta casa de la hacienda, de habitación en habitación, tomando nota minuciosa de todo cuanto conte
la siembra de ajosEn lo oscuro del templo fue encendiendo una a una las diez velas, frente a la imagen imponente cubierta de exvotos. La luz amarilla le iluminó la figura sólida. Era un negro joven y recio. Mientra
la visita en el tiempoUno Lentamente el pequeño grupo se puso en marcha por la cuesta abierta y terrosa en cuyo fondo asomaba entre la arboleda, junto a la fachada del templo, una mancha de paredes rojas. En medio, la
las aventuras de telémacoEl día de su muerte no tuvo nada de extraordinario. Se levantó temprano y se puso a recorrer distraídamente aquella casa súbitamente vacía e irreconocible. Toda la agitación y las presencias que h
las lanzas coloradasI Lentamente el pequeño grupo se puso en marcha por la cuesta abierta y terrosa en cuyo fondo asomaba entre la arboleda, junto a la fachada del templo, una mancha de paredes rojas. En medio, la li
los ganadoresUna vez el mundo se acabó por la sequía. Acaso, el último testigo fue un bibliotecario. Dejó de llover. Pasaban los meses y el cielo permanecía azul, limpio, seco. Toda la Primavera se fue sin que
los herejes—¡Ay comadre, comadrita! Qué grande es lo que me pasa… ¡Ay comadre! Mi angelito. Mi negrito querido. ¡Mi muchachito, comadre! ¡Ayayay! Si parece embuste… Esta mañana lo dejé jugando. Se tomó su gu
maichak, el hombre del ríoI. El hombre del río Fue hace mucho tiempo. Los indios camaracotos, que no cuentan por años, dicen que fue antes de que se formara el gran monte que les hace sombra en la sabana que llaman Auyante
otra cara, otro nombreFue al final cuando decidió ponerse el bigote. Se vio en el espejo y era evidente que le faltaba. Era un pequeño bigote corto, negro y algo ralo, que había comprado hacía tiempo. Tal vez fue en el
realismo mágicoDese 1929 y por algunos años tres jóvenes escritores hispanoamericanos se reunían, con cotidiana frecuencia, en alguna terraza de un café de París para hablar sin término de lo que más les importa
simeón calamarisEra su primer cadáver. Casi no podía ver otra cosa que aquella estrecha mesa de disección sobre la que la lona que cubría el cuerpo formaba una pelada cordillera, como las de los paisajes de la lu
toro sentadoUn ruido seco como de rama quebrada. A su lado dormía la india con la cara oculta por la revuelta cabellera negra. Se levantó en silencio y atisbo por las rendijas de la ventana cerrada. Un respla
un espejo rotoAhora sólo veía el ojo. Un ojo grande, próximo, extraviado, solo, que llenaba aquel pedazo triangular del espejo roto. Era un ojo joven, quieto, que parecía interrogar. Era el suyo. Mirando hacia
un mundo de humoUn mundo de humo. Un humo acre, lleno de olores azufrosos y ásperos, espeso y extendido, roto a trechos, como una vieja tela sucia, deshilachada, con nudos y arrugas y claros y huecos que todo lo
una fosa abierta“Todo está en la tierra”, decía José Gabino a los que se acercaban al gran hueco, que ya le ocultaba medio cuerpo. Sudoroso, el raído sombrero sobre la nuca, un pañuelo rojo alrededor del cuello,
yo soy martínMi cita es a las once del día, pero quiero llegar con anticipación. Voy subiendo por la empinada cuesta de la esquina del Cují, con calor y cansancio. La acera está invadí da por automóviles estac