amparo dávila
alta cocinaCuando oigo la lluvia golpear en las ventanas vuelvo a escuchar sus gritos. Aquellos gritos que se me pegaban a la piel como si fueran ventosas. Subían de t
árboles petrificadosEs de noche, estoy acostada y sola. Todo pesa sobre mí como un aire muerto; las cuatro paredes me caen encima como el silencio y la soledad que me aprisiona
el entierroVolvió en sí en un hospital, en un cuarto pequeño donde todo era blanco y escrupulosamente limpio, entre tanques de oxígeno y frascos de suero, sin poder mo
el espejoCuando mi madre me contó lo que le sucedía, se apoderó de mí una tremenda duda y una preocupación que iba en aumento, aun cuando yo trataba de no pensar en
el huéspedNunca olvidaré el día en que vino a vivir con nosotros. Mi marido lo trajo al regreso de un viaje. Llevábamos entonces cerca de tres años de matrimonio, ten
el jardín de las tumbasI … a la entrada de la capilla hay una inscripción en latín que yo leo siempre cuando cruzo la puerta… La memoria fue tan fiel que sintió como si hiciera mu
el último veranoLlevaba un vestido de gasa con volantes en el cuello y en las mangas; el pelo castaño oscuro, recogido hacia atrás con un moño de terciopelo negro, dejaba d
la señorita juliaLa señorita Julia, como la llamaban sus compañeros de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle huellas. Las mejillas habían per
música concreta«Se parece a Marcela», piensa Sergio deteniéndose, y se da vuelta para observar mejor a la mujer que sólo ha visto de reojo al pasar por la Librería Frances