alphonse daudet
acta notarial: prólogo a “cartas de mi molino”«Compareció ante mí, Honorato Grapazi, notario residente en Pamperigouste: »El señor Gaspar Mitifio, esposo de Vivette Cornille, avecindado y residente en el lugar denominado Los Cigarrales; »Quie
arthurHace unos años, viví en un pequeño edificio en los Campos Elíseos, en el pasaje de las Doce Casas. Imagínense un rincón de arrabal perdido, escondido en medio de esas grandes avenidas aristocrátic
el abanderadoI El regimiento estaba en batalla sobre un repecho de la vía férrea, sirviendo de blanco a todo el ejército prusiano amontonado en frente, bajo el bosque. Se fusilaban a ochenta metros. Los oficia
el concierto de la octavaTodos los batallones del barrio del Marais y del arrabal Saint-Antoine acampaban aquella noche en el campamento de barracones de la avenida Daumesnil. Desde hacía tres días el ejército de Ducrot c
el elixir del padre gaucherBeba usted esto, beba usted ésto, mi querido vecino; verá usted lo que es bueno. Y, gota a gota, con la minuciosidad de un lapidario que contase perlas, el cura de Graveson escanció en mi copa obr
el espejoAl Norte, a orillas del Nieman, ha llegado una pequeña criolla de quince años, blanca y rosa como una flor de almendro. Viene del país de los colibríes, la trae el viento del amor… Los de su isla
el faro de las sanguinariasAquella noche no pude dormir. El mistral estaba iracundo, y el estrépito de sus grandes silbidos me tuvieron despierto hasta el amanecer. El molino entero crujía, balanceando pesadamente sus aspas
el higo y el perezosoEn la indolente y voluptuosa ciudad de Blidah, unos años antes de la invasión de los franceses, vivía un buen moro llamado Sidi Lakdar al que las gentes de su ciudad habían apodado El perezoso. Se
el hombre de la sesera de oroAl leer su carta, señora, me ha asaltado algo así como un remordimiento. Me he recriminado el color pesimista de mis cuentos y me he comprometido a enviarle algo alegre, profundamente alegre. ¿Por
el hombre del cerebro de oroHabía un hombre que tenia el cerebro de oro. Al nacer, los médicos creyeron que moriría, pues su cabeza pesaba demasiado y su cráneo era desmesurado. Vivió, sin embargo, y se desarrolló al aire li
el mal zuavoEl viejo herrero de Sainte-Marie-des-Mines no se encontraba aquella tarde de buen humor. Normalmente, cuando apagaba su fragua y el sol se ponía, él se sentaba en un banco ante la puerta para sabo
el niño espíaSe llamaba Stenne, el pequeño Stenne. Era un niño de París, débil, paliducho, que lo mismo podía tener diez años como quince. Con estos chiquillos, no se puede decir la edad con exactitud. Su madr
el nuevo maestroNuestra pequeña escuela ha cambiado mucho desde la marcha del señor Hamel. Cuando él estaba aquí teníamos unos minutos de margen por la mañana, cuando llegábamos. Nos colocábamos en círculo en tor
el poeta mistralCuando el domingo último me levanté, de la cama, creí despertarme en la calle, del Faubourg-Montinartre. Llovía, el cielo estaba gris, el molino triste. Me dio miedo pasar en casa aquel día de llu
el prusiano de belisarioVoy a contarles una historia que oí narrar hace unos días en un cabaret de Montmartre. Para que el relato conservara todo su valor necesitaría poseer el vocabulario pintoresco del señor Belisario,
el secreto de maese cornilleFrancet Mamau, viejo tocador de pífano, que viene de cuando en cuando a pasar la velada conmigo bebiendo vino cocido, me contó la otra tarde un pequeño drama de aldea del que fue testigo mi molino
el señor achilleLas campanas de las fábricas dan las doce; los grandes patios silenciosos se inundan de ruido y movimiento. La señora Achille deja su labor, se separa de la ventana junto a la que estaba sentada y
el sitio de berlínRecorríamos la avenida de los Campos Elíseos con el doctor V…, preguntando a los muros acribillados por los obuses y a las aceras destruidas por la metralla la historia del París asediado, cuando,
el subprefecto en el campoEl señor subprefecto ha salido de expedición. Con el cochero delante y el lacayo detrás, el coche de la subprefectura le conduce majestuosamente a la Exposición regional de La-Combe-aux-Fées. El s
el último libro«¡Ha muerto!» me dijo alguien en la escalera. Desde hacía ya unos días esperaba la lúgubre noticia. Sabía que, de un momento a otro, me la iba a encontrar en esta puerta; y, sin embargo, me sorpre
instalación¡Valiente susto les he dado a los conejos! Acostumbrados a ver durante tanto tiempo cerrada la puerta del molino, las paredes y la plataforma invadidas por la hierba, creían ya extinguida la raza
la agonía del «semillante»Puesto que el mistral de la otra noche nos lanzó contra la costa corsa, dejad que os cuente una terrible historia de mar de la cual los pescadores de allá abajo hablan a menudo al amor de la lumbr
la arlesianaPara ir al pueblo, bajando desde mi molino, se pasa por delante de una hacienda construida cerca de la carretera, al fondo de un gran patio plantado de almeces. Se trata de una auténtica propiedad
la cabra del señor seguin—¡Siempre serás el mismo, mi pobre Gringoire! ¡Cómo! Te ofrecen un puesto de cronista en un buen diario de París y tienes el aplomo de rehusar… Pero mírate, desgraciado. Mira ese jubón agujereado,
la diligencia de beaucaireEn el mismo día de mi llegada aquí, había tomado la diligencia de Beaucaire, una gran carraca vieja y destartalada que no necesita recorrer mucho camino para regresar a casa, pero que se pasea con
la langostaConsignaré otro recuerdo de Argelia, y regresaré en seguida al molino… La noche de mi llegada a aquella granja del Sahel, me era imposible dormir. La novedad del país, la molestia del viaje, el au
la muerte del delfínEl pequeño Delfín está enfermo, el pequeño Delfín se muere… En todas las iglesias del reino, el Santísimo Sacramento permanece expuesto día y noche y grandes cirios arden por la curación del hijo
la mula del papaEntre los innumerables dichos graciosos, proverbios o adagios con que adornan sus discursos nuestros campesinos de Provenza, no conozco ninguno más pintoresco ni extraño que éste. Junto a mi molin
la partida de billarComo combaten desde hace dos días y han pasado la noche con el petate al hombro bajo una lluvia torrencial, los soldados están extenuados. Sin embargo, hace ya tres mortales horas que se les tiene
la sopa de quesoEs una pequeña habitación en la quinta planta, una de esas buhardillas en las que la lluvia cae directa sobre los cristales de la ventana y que, cuando llega la noche como ahora, parecen perderse
la última claseAquella mañana me había retrasado más de la cuenta en ir a la escuela, y me temía una buena reprimenda, porque, además, el señor Hamel nos había anunciado que preguntaría los participios, y yo no
las hadas de francia-¡Levántese la acusada! -dijo el presidente. Algo se movió en el horrible banquillo de las petroleras, y una cosa informe, titubeante, se acercó y se apoyó en la barandilla. Era un manojo de andra
las naranjasLas naranjas tienen en París el triste aspecto de frutas caídas, que se toman junto a los árboles. Cuando llegan, en pleno invierno lluvioso y frío, su brillante corteza y su excesivo aroma, en es
las tres misasI -¿Dos pavos trufados, Garrigú? -Sí, mi reverendo, dos magníficos pavos rellenos de trufas, y puedo decirlo porque yo mismo ayudé a rellenarlos. Parecía que el pellejo iba a reventar al asarse, t
los aduanerosUna vieja embarcación de la Aduana, semicubierta, era la Emilia, de Porto-Vecchio, a bordo de la cual hice aquel viaje lúgubre a las islas Lavezzi. Para resguardarse en ella del viento, de las ola
los viejos—¿Una carta, tío Azam? —Sí, señor… ésta viene de París. ¡Y poco orgulloso estaba el buen tío Azam de que ésta viniese de París! Yo no. Algo me decía que aquella parisiense de la calle de Juan Jaco
mi quepisLo he encontrado esta mañana, olvidado en el fondo de un armario, deteriorado por el polvo, desflecado en los bordes, oxidado en las cifras, descolorido y casi sin forma. Al verlo, no he podido re
nostalgia del cuartelEsta madrugada, cuando empezaba a alborear, me despierta con sobresalto un tremendo redoble de tambor… ¡Rataplán, rataplán!… ¿Qué es esto? ¡Un tambor en mis pinos, y a tales horas!… ¡Qué cosa más
salvette y bernadouI Es víspera de Navidad en una gran ciudad de Baviera. Por las calles blanqueadas por la nieve, en la confusión de la niebla, el ruido de los coches y de las campanas, la gente se apretuja feliz,
un tenedor de libros—¡Brr… qué niebla!… —dice el buen hombre al poner el pie en la calle. Rápidamente, se levanta el cuello, ciñe la bufanda sobre la boca, y con la cabeza baja y las manos en los bolsillos de detrás,
una viudez de tórtolaTodo París recuerda aún el dolor que experimentó Mme de Sora cuando perdió a su marido. Detrás de aquella puerta tapizada de negro, de aquel luto parisino marcado con iniciales y blasonado, hubo u
wood'stownEl emplazamiento era soberbio para construir una ciudad. Bastaba nivelar la ribera del río, cortando una parte del bosque, del inmenso bosque virgen enraizado allí desde el nacimiento del mundo. E