alfonso reyes
algo peor—¡Que tiempos, señores! Los niños se divierten en matar y en robar. Los crímenes son sus juguetes. —¡Y algo peor! —dijo el otro. —¿Cómo peor? —Si, que ya no
campeonaCuando el presidente del Club de Natación y los Síndicos de París —chisteras, abultados abdómenes, bandas tricolores sobre el pecho— vieron acercarse a la t
catástrofes¿Qué me pasa? Ya he hablado de cierta catástrofe cósmica que nos amenaza desde el fondo del universo (“La Catástrofe”, Ancorajes, fragmento de 1937). Pues s
de kelserling—Conocí a un hombre que recibía noticias del cielo. Un día me comunicó las últimas novedades que se contaban en el cielo. ¿Saben ustedes cuales eran? Que pu
del bestiario mexicanoI En el norte de México acostumbran poner a los gallos en lo alto de un templete, para que no se los coman los coyotes. Desde su mirador, el gallo va y vien
del hilo, al ovilloTenía razones para dudar. Volvió a casa inesperadamente. La casa estaba desierta. En el vestíbulo, una madeja de lana, abandonada, yacía en el suelo; era la
del perfecto gobernanteYa se entiende que el perfecto gobernante no era perfecto; estaba lleno de pequeños errores para que sus enemigos tuvieran dónde morder. De este modo, todos
diógenesDiógenes, viejo, puso su casa y tuvo un hijo. Lo educaba para cazador. Primero lo hacía ensayarse con animales disecados, dentro de casa. Después comenzó a
dueloDe uno a otro extremo de la Cámara, grita el diputado aristócrata: —¡Dese usted por abofeteado! Y el demócrata, encogiéndose de hombros, le contesta: —¡Dese
educaciónY en este punto, es fácil que piense de Inglaterra lo que de la educación de su hijo pensaba la viuda de Shelley: —Lo llevaremos —le decía un amigo en ciert
el buen impresorEl sino del impresor “amateur” es la desdicha. Tenía que imprimir una Doctrina Cristiana que empezaba con la frase: “Dios hizo el mundo en siete días”; y qu
el chivo padreEl chivo padre va a beber y, al verse reflejado en el charco: -¡Que presencia de animal! -exclama-. ¡Qué barbas venerables! ¡Qué cornamenta más ornamental!
el cocineroUn gran letrero: —“Cocina”—, llamaba la atención del transeúnte. Junto a la puerta, los sabios hacían cola, como en los estancos la gente el día del tabaco.
el gallo y el coyoteEn el norte de México acostumbran poner a los gallos en lo alto de un templete, para que no se los coman los coyotes. Desde su mirador, el gallo va y viene,
el mono y el tejón-¿Adónde con tanta prisa, hermano chango? ¿Por qué corres así? -Voy a esconderme, hermano tejón. -¿Por qué? -El rey de la selva acaba de ordenar que maten a
el veredictoLa mujer del fotógrafo era joven y muy bonita. Yo había ido en busca de mis fotos de pasaporte, pero ella no me lo quería creer. —No, usted es el cobrador d
en el frenteVolvía de Verdún. La tierra estaba llena de hoyos, suave y deleznable como la ceniza de mi cigarro. En Fleurus, los mismos vecinos —ya de vuelta— discutían
errorPara que la creación se mantenga es fuerza que haya un error de vez en cuando. De ahí Luzbel. Que esto nos sirva de consuelo a la hora de la contrición.
exploradorEl pobre explorador Ericsson vino al mundo cuando ya toda la tierra estaba descubierta. Entonces se dedicó —dedo en ristre— a explorar sus narices.
la asamblea de los animalesTenía que suceder al fin. Varias veces nos lo habían advertido y nunca quisimos hacer caso. Ello es que las fieras y animales silvestres, espantados por los
la cenaTuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los reloj
la elefantaLos elefantes de un circo que llegaban a la ciudad de México se escaparon en la estación y, espantados con los pitos de las locomotoras, se echaron a correr
la fiesta nacionalVentura de la Vega, en el tránsito, reúne a sus deudos e íntimos para revelarles el secreto de su vida. Todos esperan terribles cosas: –¡Me carga el Dante!
la melancolía del viajeroA veces, los que vuelven de un largo viaje conservan para toda la vida una melancolía secreta, como de querer juntar en un solo sitio los encantos de todas
la normaHay palabras que se deslizan y nos abren el corazón como una espada fría y sutil. A veces convidan a la locura y a veces a la prudencia. Se caen de la porte
las dos golondrinasBenedictine y Poussecafé —las dos golondrinas del ventanillo— están, desde el amanecer, con casaca negra y peto blanco. A veces, se lanzan —diminutas anclas
ley profundaSe trata de libertarnos, simplemente. De enseñarnos a descubrir —sin libros, porque el mago no debe valerse de subterfugios— la ley profunda que cada uno ll
los aliviosLos nombres que se usan en castellano para el W. C. o restroom o son del todo impropios (como el baño) o son del todo abominables. Proponemos un nombre, ino
los relinchosSe han poblado de relinchos las calles, el campo y los desmontes vecinos. ¡Gran fiesta para los caballos! Casi ni les ha faltado la alegría a los dioses: co
presumidaLa aguja de inyecciones intramusculares no llegó a saber nunca, la muy digna, donde se la insertaba. Al menos, eso contaba ella entre sus amistades, la muy
rancho de prisionerosCuando daban de comer a los prisioneros recién traídos, fatigados, torpes y hambrientos, aquellos soldados de cuarenta años, ya sensibles a las incomodidade
ratonesTenía unas bodegas llenas de ratones. Se hizo traer una gata que extinguió la plaga. Un día la gata se comió un merengue, y se desencantó y volvió a ser pri
romance viejoYo salí de mi tierra, hará tantos años, para ir a servir a Dios. Desde que salí de mi tierra me gustan los recuerdos. En la última inundación, el río se lle
sabor a míHay entre nosotros mujeres del pueblo algo regordetas (“retacos”, dice el español) pero todavía apetecibles, de boca levemente inflada, que constantemente s
suicidio—Hay muchos modos de suicidarse. El que yo propongo es el siguiente: suicídese usted mediante el único método del suicidio filosófico. —¿Y es? —Esperando qu
toño salazarToño Salazar volvió a París tras larga ausencia. Los viejos poetas que había admirado en su juventud ya no existían. Las calles recordaban sus nombres. Lo m
venganza literariaLos primeros objetos que descubrieron mis ojos —lámpara ingrata de las dos y media de la mañana, insomnio que sigue a la pesadilla, ganas de aullar, ganas d