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agatha christie

el caso de la doncella perfecta
-Ah, por favor, señora, ¿podría hablar un momento con usted? Podría pensarse que esta petición era un absurdo, puesto que Edna, la doncellita de la señorita Marple, estaba hablando con su ama en a
el caso del baile de la victoria
Una pura casualidad impulsó a mi amigo Hércules Poirot, antiguo jefe de la Force belga, a ocuparse del caso Styles. Su éxito le granjeó notoriedad y decidió dedicarse a solucionar los problemas qu
el caso del bungalow
-Ahora recuerdo un caso… -dijo Jane Helier. Su bello rostro se iluminó con la sonrisa confiada del niño que busca aprobación. Era la sonrisa que conmovía a diario al público de Londres y que había
el crimen de la cinta métrica
Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo,
el cuarto hombre
El canónigo Parfitt jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta silueta había ido adq
el rey del trébol
La verdad -observé dejando el Daily Newsmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción. La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de nuevo, se quit
la ahogada
Don Henry Clithering, excomisionado de Scotland Yard, estaba hospedado en casa de sus amigos, los Bantry, cerca del pueblecito de St. Mary Mead. El sábado por la mañana, cuando bajaba a desayunar
la aventura de la tumba egipcia
Siempre he considerado que una de las aventuras más emocionantes y dramáticas que he compartido con Poirot fue nuestra investigación de la extraña serie de muertes que siguieron al descubrimiento
la hierba mortal
Ahora usted, señora B -dijo don Henry Clithering. La señora Bantry, su anfitriona, lo miró con aire de reproche. -Le he dicho muchas veces que no me gusta que me llame señora B. Es una falta de re
la huella del pulgar de san pedro
Ahora, tía Jane, te toca a ti -dijo Raymond West. -Sí, tía Jane, esperamos algo verdaderamente sabroso -exclamó en tono festivo Joyce Lempriére. -Vamos, vamos, no se burlen de mí, queridos -replic
la muñeca de modista
La muñeca descansaba en la gran silla tapizada de terciopelo. No había mucha luz en la estancia, pues el cielo de Londres aparecía oscuro. En la suave y gris penumbra se mezclaban los verdes de la
la señal en el cielo
El juez daba fin a sus recomendaciones al jurado. —He dicho, señores, casi todo lo que tenía que decirles; ustedes resolverán si hay pruebas suficientes para dictaminar si este hombre es o no culp
la señorita de compañía
-Ahora usted, doctor Lloyd -dijo la señorita Helier-, ¿no conoce alguna historia espeluznante? Le sonrió con aquella sonrisa que cada noche embrujaba al público que acudía al teatro. Jane Helier e
la sombra en el cristal
—Escuche esto —decía lady Cynthia Drake. Y leyó en voz alta el periódico que tenía entre las manos: —«El señor y la señora Unkerton celebran esta semana una fiesta en Greenways House. Entre los in
los cuatro sospechosos
La conversación giraba en torno a los crímenes que quedaban sin resolver y sin castigo. Cada uno por turno dio su opinión: el coronel Bantry, su simpática y gordezuela esposa, Jane Helier, el doct
nido de avispas
John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mo
testigo de cargo
El señor Mayherne se ajustó los lentes de pinza mientras aclaraba su garganta con su tosecilla seca tan característica en él. Luego volvióse a mirar de nuevo al hombre que tenía ante sí, un hombre
tragedia navideña
-Debo presentar una queja -dijo don Henry Clithering, mientras sus ojos chispeantes contemplaban a los reunidos. El coronel Bantry, con las piernas estiradas, tenía el entrecejo fruncido y los ojo
una broma extraña
-Y esta -dijo Juana Helier completando la presentación- es la señorita Marple. Como era actriz, supo darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo. Resultaba extraño que el objeto t
villa ruiseñor
—Adiós, querida. —Adiós, cariño. Alix Martin quedó apoyada contra la acera rústica contemplando la figura de su marido que se alejaba por el camino en dirección al pueblo. Al fin dobló un recodo y